sin título

Los dedos de Ana
buscan los míos
como la seda al cuerpo,
casi sin rozar,
colmando las orillas
de pulsos
que alcanzan
islas escondidas
bajo la piel.

Uno se acerca,
se inclina hacia la mesa
y, bajito,
como la boca de un león
previo al ataque,
se disfraza de sonrisa
y dice,
en la mesa de al lado hay menores,
se tienen que ir.
La boca se descubre
cada vez más grande.
Están ofendiendo a las familias
que tienen cerca,
dice.

En la calle paralela a mi casa
tres adolescentes vocean:
Bollera, tortillera.
Nada raro,
excepto los gritos.
Los encuentro a menudo,
a veces,
llego a tiempo para darme la vuelta
y alterar la ruta.

Sé cuales son las calles
por las que no cogernos de la mano.
Las horas por las que dos mujeres
no pueden revelar
el brillante fulgor de los ojos.
Ellos ansían acechar desde el trono,
confirmar que nada se les resiste,
que dos pasos más
pueden hacerte
temblar
de miedo.

Un hombre se toca
frente a nosotras.
No se esconde,
no pide permiso.
Tumbadas bajo el sol
un hombre nos roba la luz
y arranca con pulso firme
sus manos
mientras nos mira.
Como en una vitrina,
un escaparate para deleitar
su apetito.
Una mujer,
dos, tres,
cuantas más,
mejor quedará la exhibición.

Mis compañeros de trabajo
hacen apuestas,
no tiene pinta,
dicen.
Lesbiana, sí, no.
Les entra la risa.
¿Y tú, qué opinas?

Cuando hablo de él
es diferente.
No hay desafíos.
Nada que apostar.
Le respetan.

Nos cogemos de la mano
y no pasa nada.
Me atrevo con los besos,
con las caricias,
me atrevo al susurro en público,
a tocar con los labios su cuello
y no pasa nada.
No incito,
no provoco,
no perturbo.
A él le respetan.