SIN CUERPO NO HAY ENTIERRO

La sangre abre surcos
en el umbral de las fronteras,
una madre busca a su hijo
entre los alambres.

Dónde está su cuerpo, grita
y muerde la tierra agitando la cabeza.
Dónde está su cuerpo, grita.

Yo aflojo el rostro,
y silencio la mirada,
dentro de mí aprieta la vergüenza.
En este lado de la valla
sin luz, sin sitio
lamiendo todas las aristas de la costa
crecen las bocas de las hienas.

Cargados de ausencia
los cuerpos resisten el olvido,
una hija busca a su madre
bajo el polvo de la cuneta.

Dónde está su cuerpo, grita
y muerde la tierra agitando la cabeza.
Dónde está su cuerpo, grita.

Y yo lanzo piedras a las nuevas cordilleras,
que no se coman el terreno,
que no tapen las acequias,
la cosecha aún no ha terminado.
Bajo la tasa de rótulos y placas
quedan las trincheras.

La extensa agonía de la noche
recorre el infinito horizonte,
un hermano busca a otro hermano
en la superficie del océano.

Dónde está su cuerpo, grita
y muerde la tierra agitando la cabeza.
Dónde está su cuerpo, grita.

Yo desnudo la rabia
contenida en cada vértebra.
De quién la patria que se meriendan
las babas de las alcantarillas
bajo las tumbas de las marismas.

Sin cuerpo no hay entierro
y aún respiran los clavos en las manos.

La memoria atraviesa el espigón
como el hilo traspasa el ojo de la aguja,
avanza al paso de los tambores,
golpe a golpe parte la membrana
así como las olas embisten la playa,
dejando su cerco sobre la arena
para que nadie olvide hasta dónde
puede alcanzar el agua.