SILENCIO Y SONREÍD

A las siete de la mañana,
El despertador golpea la puerta,
Las calles respiran en voz baja.
Cuatro estaciones de tren,
quince minutos de espera,
un autobús
y media hora más tarde,
me siento en la silla, sorda.
Sólo el murmullo de teclas tejiendo ciénagas miserias
calculan el tiempo.

A la misma hora,
en el número 144,
tres calles más abajo,
una columna humana se niega,
con sus propios brazos,
a entregar los cuerpos mudos.
Lunas soberbias
frente a gigantes con lenguas de piedra.

En otra calle,
cerca de mi casa,
cientos de personas bloquean el paso a ocho furgonetas
en la entrada del centro social de mi barrio.

A 80 km,
Francisca deja una carta junto al auto de desahucio.
Abandona su casa.
Allí vivió treinta años.
Ahora marcada por una metralla.

Son las diez de la mañana,
8 detenidos, 15 heridos
y una mujer muerta
abren las calles de Madrid.
Sentada en mi silla sorda,
desde una orilla desconocida,
levanto la mirada y nadie sabe nada.

Uno dice en alto: Hoy viene el director general.
Silencio y sonreíd.

junio | 2013