LA CORTEZA DE PANDORA

El calor seca el manto de arcilla
que envuelve mi cuerpo.
Mechones de lodo cuelgan desde la cabeza.

Se amontonan los restos en el suelo,
desde los hombros se resquebrajan a golpes de acero,
como la escarcha que quiebra el cristal.

De la mano caen los granos de barro.
Bajo el fango asoma la carne fragmentada,
entre cuchillas cuarteadas de piedras.

El molde se rompe entre mis dedos.

Aprieto la cara y los ojos.
El sudor atraviesa las grietas.
A cuentagotas, se deshace en el aire,
una brizna de viento moja los cortes de la piel.

Mi silueta al descubierto alarga las horas de la madrugada.
Sobre mi pecho el reflejo de los olivos,
una colmena interminable de ramas perfumadas
rozan las orillas de mi boca.

Descalza piso la corteza,
la madera y las cenizas.
Las rocas advierten mis pasos.