Desde el número 34 de la calle Lavapiés

Desde el número 34 de la calle Lavapiés
el aliento huele
a cúrcuma,
a menta,
a cilantro.

Platos brillantes
recién preparados
tiñen las mesas
de jugosas historias,
de un todavía que aún palpita.

El olor envuelve todo en
pequeñas porciones de ricos colores.
Mientras,
inversores de capital
gestoras,
fondos buitre
sobrevuelan la carroña,
engullen los despojos
de los que habitan la nada.

El olor envuelve todo en
la soledad de las altas montañas.
Se deshacen de los cuerpos
de quienes impiden triplicar las ganancias
y edifican sobre los escombros.
Convertirán toneladas de nubes en cemento
en viviendas de lujo para exigentes paladares.

El olor envuelve todo en
un cerco de aromas y condimentos.
Policías,
socios capitalistas,
accionistas
hacen hueco al dividendo,
aprovechan el sebo,
el hígado, las pezuñas
y hasta el pellanco.

Desde el número 34 de la calle Lavapiés
el olor lo envuelve todo como
un aliento a pellejo,
a óxido,
a cadáver.