El banco se presenta con rostro y alma,
dobla la espalda como si el dolor fuese compartido
y, lentamente, apoya los brazos sobre la rodilla.
Traga, como queriendo ingerir un poco de la pena,
como lágrimas de suero que fingen ser auténticas.

Lo comprende, dice, incluso podría estar de acuerdo,
pero solo apretará el gatillo una vez,
tiene el campo de tiro perfectamente dibujado;
quedarán unos rasguños, dice, tan solo unos rasguños.

La carta indica fecha para el desalojo de la vivienda,
pero hay tiempo, los juzgados son lentos, dice.
Y sonríe como si la espera aflojara la cuerda,
como si el cuello pudiera romperse con cuidado.
Solo unos rasguños, dice.

Carmen sujeta la mirada sobre la piel cansada del ojo,
el párpado recostado en la pupila
como pétalos que descienden hasta el asfalto,
la oreja atravesada por el cañón de la pistola.

Con una rabia pegajosa un NO talla con mayúscula
la silueta de la boca,
detiene la bala con los dientes
con la fuerza de treinta y dos fusiles.

Carmen sujeta la mirada sobre la piel cansada del ojo,
observo el perfil de su torso recto,
crece hacia adelante,
como la planta se alza buscando el sol,
como una marcha de miles de pasos sin retroceso.