Estamos haciendo nuestro trabajo

“terriblemente y temiblemente normales”,
Hanna Arendt

“Estamos haciendo nuestro trabajo”.
Un cordón policial bloquea la puerta de entrada,
puestos en fila sobre los escombros del matadero.
Dicen que hacen su trabajo.

Martes, nueve de la mañana,
una familia va a ser desahuciada.
Hoy es cada día,
un cauteloso homicidio
de poco ruido y bajo coste.

“Estamos haciendo nuestro trabajo”.
nueve y media de la mañana,
la comisión judicial accede
al interior de las habitaciones.
Carpeta en mano dejan constancia
del humo de los cigarros
y todo lo demás derramado sobre el asfalto.
Dicen que hacen su trabajo.

“Estamos haciendo nuestro trabajo”.
Diez menos cuarto de la mañana,
los cerrajeros llevan a cuestas
un acorazado a prueba de cañones.
Clausuran la vivienda.
Quedará vacía, como las otras.
Dicen que hacen su trabajo.

Estamos haciendo nuestro trabajo.
Los cadáveres retumban en las aceras.
Dicen que hacen su trabajo.

VENDRÁN A POR NOSOTROS

Vendrán a nuestras casas,
vaciarán los armarios,
se llevaran las fotos,
los cuadernos, las canciones.
Aniquilarán los tímidos flecos de cielo
que asomen por la ventana.

Sacarán a nuestros hijos,
acabarán con los pájaros que brotan de sus bocas,
matarán las lunas en sus cabezas,
y los latidos del pecho,
y las bellas palabras,
el lento y delicioso sonido del aire en el estómago.
Robarán el corazón de sus manos.

Nos darán golpes hasta los huesos,
devorarán la carne que sujeta los dientes.
Nos meterán presos,
y cuando ya no nos quede nada
dirán que somos peligrosos,
nos asfixiarán hasta la muerte.
Y será legítima,
y necesaria,
y nadie lo recordará.

SI DE UN ÁRBOL PUDIERAS ELEGIR UNA DE SUS PARTES

Si de un árbol pudieras elegir una de sus partes,
¿acaso no serías el fuste que sostiene las ramas
de las que, cada año, brota una nueva copa?

Desde las raíces que fijan el árbol al suelo
me asomo a la morada en la que yacen los muertos.
En las profundidades del Hades,
donde deja de habitar el alba,
los cuerpos bailan conmigo.
Aún sus bocas se mantienen calientes.

Me transporto, como agua,
desde el centro más oscuro del tronco
abrazando los anillos que crecen alrededor de los otoños.

Sostengo el peso de la ruda corteza,
protejo la savia como a la vida.

Suenan, desde dentro, las voces de los muertos,
deshilacho el hábito que encoge mi lengua.
La luz se abre paso entre los alambres,
se detiene en el mediodía
a cincuenta metros de la tierra.

Como brizna hecha de restos, me extiendo
en la anchura de la densa corona,
el gorjeo de los pájaros devuelve los ojos del paisaje.
Alcanzo camino como una cañada que deja paso al torrente.

De las yemas nacerán las flores.
Las manos convertidas en bosque tejerán la trinchera.
De ahí beberán los cantos de las brechas a orillas del mapa.
El sol rodeará las cabezas
y caerán, como escarcha, el miedo y la metralla.
Los tallos organizarán las columnas
y darán sombra al costado herido.

Inmortales surcos son las ramas y las hojas,
nacerán, como cada año, sin licencia ni visado.

SE PROCLAMAN

Se proclaman
reyes,
soberanos
excelentísimos,
príncipes,
monarcas,
consortes,
herederos,
infantes,
señores.

Los sucesores del rey Minos
mantienen vivo al minotauro
con las costillas del margen de los informes,
a las afueras del cauce de la acequia.

Muchas no vuelven.
Arrojan sus cuerpos al monstruo,
las convierten en racimos estelares
y guardan un minuto de silencio
frente a su féretro.

A quienes vuelven
les roban las olas
amaneciendo en su boca.
Con la piel marcada
por los dientes de la bestia,
regresan vestidos de otros
con la ropa que se enseña
entre cuatro paredes.

Se nombran,
se designan,
se relevan.

¿Quién dice ser mi rey?
¿Ante quién debo yo arrodillarme?

SENTADO EN UNA NUBE

Para Miguel

Se sienta,

como las nubes,

sobre el mundo,

con los pies desnudos.

 

La brisa mueve sus piernas,

como la hiedra

que asoma bajo el puente

y desliza sus hojas

sobre la espalda de una astilla.

 

No parece temer la altura,

ni la distancia de las cabezas.

se sienta

en el reducto de una grieta,

paciente, cultivando

el dorado olor de la tierra.

 

Y tú, revoloteas a su alrededor

intentando que rasque el suelo,

que toque la frontera,

que se moje,

que sea bosque.

 

Agarro su pecho,

y su cuerpo tiembla

como un nido de pájaros hambrientos,

con temor a no ser envuelto.

No quiere tan cerca la firmeza de la piedra.

 

Agarro su pecho,

y su cuerpo tiembla,

no quiere tan cerca la hazaña de un soldado

que duerme bajo las sordas estrellas.

 

Y quién soy yo,

para agarrar su pecho

si no es para trepar a la nube

y convertirme en la hiedra

que bate sus alas

y hace andar al viento.

 

LO QUE SÉ DE LAS ONDAS

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
César Vallejo

 

A tientas
camino por las habitaciones de mi casa
calculando conocer rincones y paredes,
creyendo predecir de las puertas sus aristas,
como quien se cubre los ojos
y atiende a un mapa perfectamente detenido
en líneas primigenias de la cabeza.

Atravieso los pasillos
como quien advierte conocer la ciénaga
y tropiezo con guijarros.

Nada permanece
ahora en su sitio.

Un impacto colapsó la salida,
tan fuerte que desplazó los tabiques.
Un golpe de los que pesan
y evocan otras piedras,
de esos que parten el dorso.
Un impacto tan fuerte que
puñales de acero
toman relevo.

Golpes que vienen de lejos,
agarran impulso
y embisten,
como las olas,
con tanta fuerza
que todo se da la vuelta.

Mi mano quedó manchada de pólvora.
Todo apunta a que encontró el artefacto
y provocó el estallido.

Hubo que sacar los escombros.
Algo de lo que quedó arriba florece
bajo la lluvia.

A MI MADRE

Soy un día de febrero entre tus manos,
la sombra que abrazas en las noches de invierno
y todos los pálidos otoños cerca de tu cama
cuando callejeabas del salón al baño,
del baño a la habitación
dejando pasar el aire por las ventanas
antes de cerrar los ojos.

Soy la mañana que murió el pequeño,
cuando cerraste los puños,
rígida de dolor,
la columna inerte
y todo lo que ya no quedaba de ti aplastado en la garganta.
Soy las madrugadas de heroína que se llevaron sus vidas,
la del pequeño y el mayor de tus hermanos.
Cada una de las gotas que reptaron por tus rostro hasta la labios
y el sabor salado sobre la lengua.

Soy Amancio Prada por las mañanas cantando
como si estuvieras sola
dejando para después los quehaceres.
Soy los poemas y las canciones que me despertaron cada sábado
y las letras que ahora yo canto.

Soy la pintura en la orilla de tus ojos,
el calor del brasero
y las mantas enredadas en la espalda.
Soy los árboles que esperan a la primavera
cuando cae el agua de las fuentes.

Soy las nuevas ciudades donde vives
y las casas que te guardan.
Los nuevos idiomas
y las palabras que dan la forman a tu boca.

Soy cuando me miras
un eucalipto de 60 metros de altura y tallo recto.
Hojas de 30 cm de longitud,
brillantes y duras,
de flores solitarias
y abundantes semillas.

Soy porque me miras.

DESAHUCIO

Dos días después de mi muerte vendieron mi casa.
Se llevaron todas las habitaciones,
la de los juegos y las visitas.
Desnudaron los pasillos,
derribaron las puertas.
Abrieron las paredes dejando,
apenas,
humo que se aleja en una luz infinita.

Fatigada, con los dientes partidos,
con el alma derrotada,
cuento
todo lo que me quitaron,
por lo que hoy he muerto.

Se llevan todos los días, desde la primera hora.
Ya no huelen los chopos en las ventanas,
ya no huele la furia entre las sábanas.
Ahora, mi casa no huele a nada.
La noche apagó sus latidos,
enmudeció el silencio para siempre.

Ahora que he muerto,
se venden cajones cuidados, muebles seminuevos,
sofás cómodos y de calidad, mesas de todos los tamaños.
Se venden zapatos de bebé sin estrenar
y su ropa,
Se venden sus risas, los ojos, la boca.
nada existe.

Mi sombra desnuda en el suelo apaga las luces apretando fuerte la tripa.
Venden mi casa,
y todas las canciones bailadas,
la música suena.
Una luz retumba en mi pecho.

SILENCIO Y SONREÍD

A las siete de la mañana,
El despertador golpea la puerta,
Las calles respiran en voz baja.
Cuatro estaciones de tren,
quince minutos de espera,
un autobús
y media hora más tarde,
me siento en la silla, sorda.
Sólo el murmullo de teclas tejiendo ciénagas miserias
calculan el tiempo.

A la misma hora,
en el número 144,
tres calles más abajo,
una columna humana se niega,
con sus propios brazos,
a entregar los cuerpos mudos.
Lunas soberbias
frente a gigantes con lenguas de piedra.

En otra calle,
cerca de mi casa,
cientos de personas bloquean el paso a ocho furgonetas
en la entrada del centro social de mi barrio.

A 80 km,
Francisca deja una carta junto al auto de desahucio.
Abandona su casa.
Allí vivió treinta años.
Ahora marcada por una metralla.

Son las diez de la mañana,
8 detenidos, 15 heridos
y una mujer muerta
abren las calles de Madrid.
Sentada en mi silla sorda,
desde una orilla desconocida,
levanto la mirada y nadie sabe nada.

Uno dice en alto: Hoy viene el director general.
Silencio y sonreíd.

junio | 2013