LO QUE SÉ DE LAS ONDAS

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
César Vallejo

 

A tientas
camino por las habitaciones de mi casa
calculando conocer rincones y paredes,
creyendo predecir de las puertas sus aristas,
como quien se cubre los ojos
y atiende a un mapa perfectamente detenido
en líneas primigenias de la cabeza.

Atravieso los pasillos
como quien advierte conocer la ciénaga
y tropiezo con guijarros.

Nada permanece
ahora en su sitio.

Un impacto colapsó la salida,
tan fuerte que desplazó los tabiques.
Un golpe de los que pesan
y evocan otras piedras,
de esos que parten el dorso.
Un impacto tan fuerte que
puñales de acero
toman relevo.

Golpes que vienen de lejos,
agarran impulso
y embisten,
como las olas,
con tanta fuerza
que todo se da la vuelta.

Mi mano quedó manchada de pólvora.
Todo apunta a que encontró el artefacto
y provocó el estallido.

Hubo que sacar los escombros.
Algo de lo que quedó arriba florece
bajo la lluvia.

A MI MADRE

Soy un día de febrero entre tus manos,
la sombra que abrazas en las noches de invierno
y todos los pálidos otoños cerca de tu cama
cuando callejeabas del salón al baño,
del baño a la habitación
dejando pasar el aire por las ventanas
antes de cerrar los ojos.

Soy la mañana que murió el pequeño,
cuando cerraste los puños,
rígida de dolor,
la columna inerte
y todo lo que ya no quedaba de ti aplastado en la garganta.
Soy las madrugadas de cocaína que se llevaron sus vidas,
la del pequeño y el mayor de tus hermanos.
Cada una de las gotas que reptaron por tus rostro hasta la labios
y el sabor salado sobre la lengua.

Soy Amancio Prada por las mañanas cantando
como si estuvieras sola
dejando para después los quehaceres.
Soy los poemas y las canciones que me despertaron cada sábado
y las letras que ahora yo canto.

Soy la pintura en la orilla de tus ojos,
el calor del brasero
y las mantas enredadas en la espalda.
Soy los árboles que esperan a la primavera
cuando cae el agua de las fuentes.

Soy las nuevas ciudades donde vives
y las casas que te guardan.
Los nuevos idiomas
y las palabras que dan la forman a tu boca.

Soy cuando me miras
un eucalipto de 60 metros de altura y tallo recto.
Hojas de 30 cm de longitud,
brillantes y duras,
de flores solitarias
y abundantes semillas.

Soy porque me miras.

DESAHUCIO

Dos días después de mi muerte vendieron mi casa.
Se llevaron todas las habitaciones,
la de los juegos y las visitas.
Desnudaron los pasillos,
derribaron las puertas.
Abrieron las paredes dejando,
apenas,
humo que se aleja en una luz infinita.

Fatigada, con los dientes partidos,
con el alma derrotada,
cuento
todo lo que me quitaron,
por lo que hoy he muerto.

Se llevan todos los días, desde la primera hora.
Ya no huelen los chopos en las ventanas,
ya no huele la furia entre las sábanas.
Ahora, mi casa no huele a nada.
La noche apagó sus latidos,
enmudeció el silencio para siempre.

Ahora que he muerto,
se venden cajones cuidados, muebles seminuevos,
sofás cómodos y de calidad, mesas de todos los tamaños.
Se venden zapatos de bebé sin estrenar
y su ropa,
Se venden sus risas, los ojos, la boca.
nada existe.

Mi sombra desnuda en el suelo apaga las luces apretando fuerte la tripa.
Venden mi casa,
y todas las canciones bailadas,
la música suena.
Una luz retumba en mi pecho.

POEMA EN CÍRCULOS

“Qué puedo hacer, no lo sé: mis deseos son dobles”
Safo

Aquí, en los dientes del delirio,
deja caer todo lo que ella sabe.

Dedo a dedo,
devora las curvas apiladas,
desde los tobillos.

Se encoge,
como la luna,
entre mis muslos
y balancea la cabeza
al borde de los círculos infinitos.

Aquí, con las pupilas enfrentadas,
deja caer todo lo que ella tiene.

Alterna jadeos y caricias.
Toma mi pecho de un trago.
Mi mano en su frente.

Toda su lengua,
lenta,
me aprieta.

SILENCIO Y SONREÍD

A las siete de la mañana,
El despertador golpea la puerta,
Las calles respiran en voz baja.
Cuatro estaciones de tren,
quince minutos de espera,
un autobús
y media hora más tarde,
me siento en la silla, sorda.
Sólo el murmullo de teclas tejiendo ciénagas miserias
calculan el tiempo.

A la misma hora,
en el número 144,
tres calles más abajo,
una columna humana se niega,
con sus propios brazos,
a entregar los cuerpos mudos.
Lunas soberbias
frente a gigantes con lenguas de piedra.

En otra calle,
cerca de mi casa,
cientos de personas bloquean el paso a ocho furgonetas
en la entrada del centro social de mi barrio.

A 80 km,
Francisca deja una carta junto al auto de desahucio.
Abandona su casa.
Allí vivió treinta años.
Ahora marcada por una metralla.

Son las diez de la mañana,
8 detenidos, 15 heridos
y una mujer muerta
abren las calles de Madrid.
Sentada en mi silla sorda,
desde una orilla desconocida,
levanto la mirada y nadie sabe nada.

Uno dice en alto: Hoy viene el director general.
Silencio y sonreíd.

junio | 2013